
Tener margen de error
9 de junio de 2024: El Pico de Orizaba
El plan era sencillo. Íbamos a subir el Pico de Orizaba Sada, mi hermano Ricardo, Marco y yo. Todos traíamos buena condición y buen ritmo. Cenamos una pasta boloñesa del Perro Azul para aguantar la friega que le íbamos a meter al cuerpo al día siguiente.
Nos dormimos en el refugio del campamento base y salimos algo tarde, como a la 1:00 AM, por estarnos haciendo café. Antes de empezar lo mero bueno, Marco se empezó a sentir mal y decidió bajarse; una decisión muy inteligente cuando sabes que el cuerpo no te está respondiendo al cien. Nos quedamos Sada, Ricardo y yo. Le metimos velocidad. Íbamos rebasando a otros grupos y llegamos a la base del glaciar con energía de sobra.
El glaciar estaba algo descongelado y lleno de grietas en el hielo. Cada paso tenía que ser bien calculado. Ricardo iba enfrente, Sada en medio y yo atrás. Subimos rápido y hasta echando desmadre, incluso cuando en la cima nos cayó una tormenta de granizo que nos congeló el cabello. Teníamos la preparación y las piernas para estar ahí sin problemas.
Encontrarnos con el problema
Todo cambió cuando veníamos bajando. Entre la neblina y el granizo, escuchamos a un hombre gritando: "¡Ayuda!". Al principio pensamos que era broma, pero los gritos no paraban. Empezamos a gritar de vuelta para ubicarnos por puro oído, porque no se veía absolutamente nada.
Lo que encontramos fue un desastre que se pudo haber evitado desde el principio. Era un guía con un chavo de Cancún, una señora y su hijo adolescente. La señora estaba en shock total. Habían logrado llegar a la cima, pero al bajar ella se resbaló en el hielo. El guía, para resolver rápido, la bajó arrastrándola con una cuerda; una decisión desesperada que, con ese frío, nomás hizo que se congelara más rápido.
El error real vino desde el inicio: el guía no supo decir "no" cuando vio que la señora no iba a aguantar el esfuerzo. Se confió pensando que el clima iba a estar tranquilo, y en cuanto la montaña se puso difícil, no supo qué hacer.
La bajada a fuerza bruta
Les sacamos cobijas térmicas, calentadores para las manos y los pies, y les dimos nuestras propias chamarras. Las cargábamos porque en la montaña uno se prepara para lo peor, no para que el día esté bonito. Armamos una camilla improvisada con cuerdas y los bastones de Sada para poder mover a la señora.
Bajar a alguien en esas condiciones es un desafío físico bastante fuerte. Entre todos fuimos cargando el peso, turnándonos a cada rato porque a esa altura el cuerpo se agota de volada. Llegó un punto en el que el cansancio calaba, pero ahí arriba el cansancio es nomás un detalle más, no una excusa para parar. Mantuvimos el paso hasta salir de la zona peligrosa. Conforme bajábamos y había más oxígeno, la señora empezó a reaccionar.
Lo que queda de la experiencia
Llegamos hasta el punto donde el equipo de rescate ya pudo hacerse cargo. Más allá de la anécdota, lo importante es lo que te queda de aprendizaje.
El guía de ese grupo dependía de que todo saliera perfecto para que les fuera bien. Nosotros íbamos tan bien preparados que tuvimos el margen necesario para salvarlos a ellos de su propio error. Uno no se prepara para cuando las cosas salen como quieres; te preparas para tener la fuerza de reaccionar cuando todo se sale de control.
"No subes al nivel de tus metas. Caes al nivel de tus sistemas." James Clear